25, 2. Un poema.

Acabo de enterarme que hace unas semanas falleció una buena amiga que sufría cáncer. Aunque apenas supe de ella durante mucho tiempo, siempre guardé un especial recuerdo de su amistad, que nunca fue una amistad como la de los amigos normales. El pasado diciembre me escribió, y me dijo que estaba enferma. Aun así se la veía muy animada. Al parecer, guardaba también un gran recuerdo de la época de Salamanca, y de una visita posterior que me hicieron ella y su hermana cuando vivía en Madrid. Hablé con ambas por teléfono algunas veces más, y tenía la vocecilla agotada. Me lo ha contado su hermana. No me lo esperaba. Tengo que decir que rara vez he guardado tanta estima y respeto intelectual y humano por alguien. Era una persona eruditísima que me enseñó muchísimas cosas del arte coreano. Pero sobre todo me enseñó la virtud de la paciencia, a través de la paciencia que tuvo conmigo.

                                                                    A la memoria y amistad de Mihwa
Cuando pateas las cenizas del carbón
sale nieve árida:  te veo, y es bueno,
otra vez, te posas sobre la tierra.
Tú, fuego extinguido,
y oscuridad,
pensamiento que se pierde,

¿has dado calor alguna vez?

 

 

 

Cuando te encuentras con la cara de dios, es fácil pensar que estás ante una persona boba y sin inteligencia, porque en ella jamás encuentras agudeza, ni malicia. Pero no sabrás comprenderlo, y sentirás repulsa o superioridad. De hecho es posible que dios haya creado a los retrasados mentales a su imagen y semejanza.

 

 

Leonardo

 

 

DE SI ES O NO MEJOR DIBUJAR EN COMPAÑÍA

“Digo, y en ello insisto, que se ha de preferir dibujar en compañía, que no solo; por múltiples razones: la primera, porque te avergonzarás de ser visto entre los dibujantes si tus conocimientos no son suficiente, y esta vergüenza estimula el estudio. En segundo lugar, porque la sana envidia te hará desear contarte entre los que son más alabados que tú, y esas ajenas alabanzas te han de espolear. Y, en fin, porque podrás aprender de los dibujos de los que te aventajan; y si fueras mejor que los otros, sacaráis provecho de evitar sus yerros y las ajenas alabanzas acrecentarían tu virtud”.

22, 1. Moral y pintura.

Siempre me ha parecido descorazonador que un historiador tan quijotesco como Ernst Gombrich, en el único ensayo donde trata con algo de detenimiento la necesidad de escribir una historia del arte desde el enfoque técnico, se expresara en estos términos: “Claudio de Lorena, recordando la preciosa formulación de Constable, ‘estaba vinculado a la cadena del arte’, pero estos artistas (los artistas coetáneos de Gombrich) no, porque ya no existe tal cadena. Se escindió en eslabones sueltos cuando se rompió el consenso en torno a los objetivos y las funciones de la creación de imágenes en nuestra cultura”, La imagen, p. 225. Seguramente si esta tesis tiene un propósito moral anexo, y una convicción que rebasa todos los argumentos que se dirimen en ella, se funda y consiste precisamente en demostrar lo contrario: que no solo hay un hilo telegráfico, sino muchos hilos telegráficos del arte de la pintura que nos alcanzan. Que tales encadenamientos, además, preservan el ergon de la representación, la decoración, los fundamentos del dibujo y el color, las distintas técnicas de representación espacial, y todo lo demás. A lo que se debe sumar, que algunos de estos pintores que se comunican a través de los hilos, aún vivos, han sido muy conscientes de la responsabilidad que su propia dedicación al arte les ha impuesto; han sabido entender que deben preservar lo que han aprendido, porque todo ese conocimiento técnico, como cualquier conocimiento artístico o técnico, está más allá de su propiedad. Me parece que Gombrich, en el preciso y controvertido momento en que escribió ese ensayo, hacia 1980, tenía la mente puesta en los libros de historia del arte y en los museos. Pasaba por alto que las tradiciones del arte no las conservan los historiadores del arte, sino los propios artistas que conocen su medio. Aunque no sé cuando empecé a contemplar esta convicción, sé de la profunda revisión de mis propios valores que me produjo el conocimiento de una humilde exposición de pinturas en el Irish Museum, The pursuit of painting, no en vano organizada por un pintor, Stephen McKenna. Bien puede ser un intento concienzudo de restaurar uno de esos encadenamientos del arte (de la pintura), de los que hablaba Constable. Recuerdo perfectamente que este pintor había escogido para dicha exposición una pintura de Malevich, su conocido autorretrato de 1933, con la malicia de quien sabe en qué se anda al tomar una obra tardía y profundamente realista de un pintor que marca simbólicamente la “destrucción de la pintura” en los modelos de la historia del arte habituales. Como quien dice: la pintura va y viene; en verdad, ni va a ninguna parte, ni viene de ninguna parte; sólo se mantiene en movimiento, como todas las artes; pero a diferencia de todas las artes, cuando se la cree perdida, vuelve a los lugares de siempre para remontar una vez más. Cf. Perspectives of Europe: Stephen McKenna and Richard Demarco in conversation. 24 September 2015 on the occasion of Stephen McKenna’s exhibition, Perspectives of Europe, at Dublin City Gallery the Hugh Lane.